Bruno Goetz, RECUERDOS SOBRE SIGMUND FREUD
Cada vez que escucho hablar del seudo intelectualismo de Sigmund Freud, de sus métodos
unilaterales y de su pensamiento reduccionista, me digo a mí mismo: “De todas maneras, Ustedes dicen
esto pero no es exacto; o en todo caso es una verdad a medias, ya que no tienen en cuenta lo esencial –
el hombre Freud, que he conocido, y con quien mantuve conversaciones en Viena, durante mis años de
estudio, que tuvieron para mí una significación muy importante. Este hombre era más abarcativo, más
rico y gracias a Dios más contradictorio en su fuero íntimo que sus doctrinas”.
Cuando hablé recientemente con algunos amigos a propósito de mi encuentro personal con
Freud, me pidieron encarecidamente que escribiera los recuerdos que había guardado de él y me
plantearon casi como una obligación el hecho de difundir, para círculos más amplios mis observaciones
que, arrojando una luz poco habitual sobre esa personalidad genial y tan diversamente criticada, podían
corregir una cantidad importante de opiniones equivocadas sobre la misma.
En primer lugar me invadió la duda. Efectivamente, habían transcurrido unos cincuenta años
desde ese primer encuentro. Hasta donde llegaba mi memoria, no había tomado ninguna nota del
mismo, y me preguntaba con cierta desconfianza si el tiempo no había cambiado algo que fuese
decisivo con respecto a esta imagen conservada durante tantos años en mi mente, de tal modo que no
correspondiera más a la realidad. Pero me percaté de todos modos que, aún así, esta imagen tenía algo
para decir. Y cuando, poco tiempo después, recibí una invitación de un círculo de médicos para dar
cuenta de mis encuentros con Freud, decidí aceptar la invitación, y brindar un testimonio sobre este
hombre extraordinario, corriendo el riesgo de que muchas cosas se hubieran escapado de mi memoria,
y que otras se presentaran hoy de un modo diferente, al que tenían en mis años de juventud.
Mientras me esforzaba para recordar los detalles de los encuentros de antaño, todo lo que acudía
a mi memoria me aparecía extremadamente fragmentado. Pero el azar, o el que llamamos como tal, me
favoreció como siempre en mi vida. Me había dedicado, por otros motivos, a hurgar en una caja llena
de viejos papeles, cuando encontré un sobre semi roto, que decía: Extractos de mis cartas sobre Freud.
Estas cartas, que había olvidado completamente, habían sido dirigidas inmediatamente después de estas
conversaciones a un amigo de juventud, y, lo recordaba ahora, había conservado para mí los pasajes
que se referían a Freud. Estas hojas de un papel amarillento de los años 1904-1905 contenían, de un
modo fragmentario, las palabras que Freud había pronunciado textualmente. De modo que no era
necesario confiar solamente en mis recuerdos de juventud empobrecidos por el transcurrir del tiempo
que podría deformar los mismos, podía apoyarme sobre las palabras auténticas de Freud.
Quiero tratar de ser lo más preciso posible, de modo que me veo en la obligación de hablar
también de mí, en la medida en que lo exige la comprensión del diálogo con Freud.
Aquello ocurría en los primeros semestres de la Universidad de Viena, en los tiempos en que
escuchaba conferencias, algunas de las cuales trataban sobre la psicología y el hinduismo. En el
seminario de psicología, establecí una relación más íntima con el profesor. En esa época, escribía
además mis primeros poemas que tuvieron cierta importancia, a los cuales el profesor dedicaba un
interés bondadoso. Además, desgraciadamente, padecía de vez en cuando de violentas neuralgias
faciales, a las cuales los remedios habituales para los dolores de cabeza no brindaban ningún alivio, de
tal manera que me tenía que encerrar, en algunas oportunidades, durante días y semanas en la
habitación en medio de una oscuridad total, ya que el más mínimo rayo de luz me causaba dolores
intolerables. El profesor, que advertía mis faltas frecuentes y mi mala cara, me preguntó sobre mi
estado de salud, y me dijo, en ese momento en que ya ningún remedio me brindaba alivio, que él
suponía que mis dolores no tenían al fin de cuentas otra causa que una causa psíquica; me aconsejaba,
pues, consultar con Freud, y que él mismo le iba a anunciar mi visita.
Nunca había escuchado hablar de Freud; preguntando a algunos conocidos, me enteré que había
escrito un libro notable sobre la interpretación de los sueños. Empujado por la curiosidad, conseguí esta
obra en la biblioteca de la Universidad –y quedé al principio profundamente asustado–. Esta manera de
interpretar los sueños me pareció impiadosa: destruía la imagen misma del sueño (lo que contradecía
toda mi sensibilidad de artista, sobre todo cuando me presentaba este método aplicado a poemas) y
propiciaba la emergencia, desde sus fragmentos esparcidos, de un nuevo conjunto de significaciones
que me consternaban y me atraían secretamente. Estaba decidido de antemano a no someterme a tales
procedimientos, ya que no me podía imaginar que iban a permitir la desaparición de mis neuralgias,
cuando el profesor me informaba esa misma noche, durante el seminario, que había hablado de mí con
Freud, quien me esperaba al día siguiente a la tarde. “No se asuste –me dijo el profesor sonriendo– no
lo va a comer, lo quiere ayudar. Por otro lado, me permití entregarle, para que los lea, algunos de sus
poemas”.
Al día siguiente, presa de confusos sentimientos, fui a encontrarme con Freud. Esa misma
mañana me había atormentado un ataque violento de neuralgia. Tenía serias dudas con respecto al arte
terapéutico de Freud. Sin embargo, los acontecimientos adquirieron un curso singular. En esta carta a
mi amigo de juventud, describía el evento con estos términos:
Freud se me acercó, me apretó la mano, me invitó a instalarme y me examinó
atentamente. Observaba sus ojos maravillosamente bondadosos, cálidos, que reflejaban
una melancolía que indicaban un saber importante sobre la vida.
Simultáneamente, tuve la impresión de una mano que rozaba ligeramente mi
frente –y los dolores desaparecieron. Me dije a mí mismo: “este es un médico al estilo de
los que se encuentran en la India. No precisa utilizar su método curativo, podría decir
¡abracadabra! Y uno ya se sentiría con el corazón más aliviado y casi gozando de buena
salud”. ¡Este hombre, querido amigo, es un médico, o yo no sé nada de medicina! Nunca
me había encontrado con un hombre semejante. Simultáneamente, sentí con respecto a él
una confianza sin reservas. Se quedó unos instantes en silencio, sonriendo. Luego, dijo
amigablemente:
–Permítame conocerlo un poco. Tengo aquí algunos de sus poemas. Muy lindo,
pero cerrado. Ya que usted se esconde detrás de sus palabras en vez de dejarse llevar por
las mismas. ¡Mantenga la cabeza alta! No tiene ningún motivo para estar asustado consigo mismo... Ahora, cuénteme algo de su persona. En sus versos el mar vuelve
permanentemente. ¿Acaso quiere señalar con esto algo simbólico, o bien tuvo realmente
algo que ver con el mar? A propósito, ¿de dónde es oriundo?
Era como si las compuertas se hubieran abierto en mi interior. Y antes de
percatarme de que lo estaba haciendo, le conté toda mi vida, le conté sin reservas cosas
que, salvo a ti, nunca le dije a nadie. ¿Qué sentido habría en ocultarle algo? En efecto,
todo le era ya conocido de antemano.
Me escuchó durante casi una hora sin interrumpirme y sin mirarme. A veces se
reía silenciosamente. Dijo finalmente:
–Recapitulemos rápidamente. Su padre era capitán de navío y más tarde profesor
de navegación en la escuela naval de Riga, y Usted pasó su juventud entre marineros y
contramaestres. El mar es, por lo tanto para Usted, como un símbolo real. ¿Pero de
dónde proviene este rigor, esta estrechez de vista que lo caracteriza?
–Me lo he impuesto a mí mismo, e incluso he incurrido en un maltrato hacia mi
persona, tenía miedo de disolverme y de extraviarme totalmente.
Freud emitió solamente un murmullo ininteligible; luego, me preguntó:
– ¿Acaso su padre no era severo con Usted?
Le contesté que no, que mi padre era mi mejor amigo y que nos entendíamos sin
que hicieran falta muchas explicaciones. Pero que nunca le había comentado nada con
respecto a las ridículas y desgraciadas historias de amor que tuve con una joven y con una
señora, ni que alguna que otra vez me había enamorado locamente de un marinero que
hubiera comido a besos. Temía que mi padre no lo tomase en serio y que se pudiera reír
de mí a escondidas. Seguramente no me iba a hacer ningún reproche. Yo mismo no tenía
absolutamente nada para reprocharme...
–... salvo el hecho de que no me había atrevido a hacerlo, y que más tarde,
cuando estaba en mi cama... en fin, Usted entiende...
–Seguro, seguro –murmuró Freud–. ¿Y este asunto del marinero no lo perturbó
de otra manera?
Le contesté que nunca me había perturbado, ya que, como le había dicho, estaba
perdidamente enamorado. Y cuando se está enamorado, todo anda bien, ¿no es así?
–En lo que se refiere a Usted –contestó Freud– no cabe duda –y de repente se
pone a reír–. Usted además tomó el asunto en sus manos... Caramba, tomar la cuestión en
sus manos, se me acaba de escapar la expresión... y Usted se volvió finalmente severo
consigo mismo. Es lo que se llama la educación por sí mismo, y todo anda bien en la
medida en que uno no se tensione demasiado. Y Usted no parece demasiado tenso... Es
envidiable, tiene Usted una buena conciencia realmente envidiable. Tendrá que agradecer
a su padre por ello. ¿Y su madre?
–Sí, con ella también me llevaba muy bien. Era protestante, muy creyente, pero
esto no me perturbó sobremanera.
Nuevamente Freud se reía, muy divertido.
–A propósito, preguntó de repente–, ¿cuál era esa historia de su padre y de
Poseidón? Cuéntela nuevamente. Estaba reflexionando brevemente cuando Usted la
contó, y no la escuché atentamente.
–Tenía entonces once o doce años. Un día mi padre entró en mi habitación
acercándose a mí, puso sobre la mesa la Mitología de Moritz. Seguramente le llamaba la
atención el hecho de que en aquella época leía mucho la Biblia, siguiendo los consejos de
mi madre. “Hijo mío, hay que hacer otro tipo de lectura –y me mostraba el Moritz–.
Contiene historias que se parecen a las de la Biblia. Quizás todavía más lindas. Nosotros,
hombres de mar, creemos en otra cosa. Entre otros, en Poseidón...”. No me habló nunca
más de este libro que me había recomendado con tanta discreción, pero el mismo se
volvió decisivo para toda mi vida y mi pensamiento.
–Poseidón entre otros... Maravilloso, maravilloso –dijo Freud–. Sí, el mar... Y
bien, mi buen amigo Goetz, no lo voy a analizar, sus complejos lo salvarán. En lo que se
refiere a sus neuralgias, le voy a recetar un remedio que lo aliviará.
Se instaló en su escritorio y escribió. Mientras lo hacía, preguntó como al pasar:
–Me han dicho que prácticamente no tenía dinero y que vivía muy ajustadamente.
¿Es cierto?
Le expliqué que su modesto sueldo de profesor no le permitía a mi padre pagarme
los estudios ya que tenía cuatro hermanos y hermanas más jóvenes que yo; que por lo
tanto tuve que volar con mis propias alas, y vivía dando clases y escribiendo
ocasionalmente algunos artículos.
–Sí –dijo Freud–, el rigor consigo mismo trae también algo bueno. Solamente
tendría que cuidarse para no pasar el límite. ¿Cuándo comió su último bife?
–Hace aproximadamente cuatro semanas.
–Es lo que me parecía –dijo Freud poniéndose de pie–. Esta es su prescripción.
Agregó algunos consejos dietéticos, y de repente se puso casi tímido. Le ruego no lo tome
a mal, soy un médico ya instalado y Usted es todavía un joven estudiante. Acepte este
sobre y permítame, por una vez, asumir por hoy el papel de su padre. Son pequeños
honorarios destinados a retribuir la alegría que sus versos y la historia de su juventud me
han deparado. Hasta luego, hágame saber cuándo volverá. Mi tiempo es escaso, pero
encontraré una media hora o una hora para dedicarle. ¡Hasta pronto!
Freud se despidió de mí de este modo. Y te ruego imaginar la escena que ocurrió
cuando en mi cuarto abro el sobre. Contenía doscientas coronas. Estaba tan conmovido
que me puse a llorar silenciosamente.
Esta es la carta que escribí a mi amigo con respecto al primer encuentro que tuve con Freud.
Aproximadamente cuatro semanas más tarde, me recibió nuevamente. Y este encuentro también fue
relatado a mi amigo. Le escribía: El remedio que me prescribió Freud me produjo tal efecto que a las dos semanas
mis neuralgias habían desaparecido. Quería comentarle el hecho y quería de todos modos
volver a verlo. Me citó en su casa a las nueve de la noche. Luego de haber preguntado
sobre mi estado de salud, me interrogó sobre mis estudios; le hablé con entusiasmo de los
cursos de Leopold von Schroster que hablaba justamente del Bhagavad-Gita. Mientras
hablaba, Freud se levantó de repente y recorrió varias veces la habitación.
– ¡Prudencia, muchacho, prudencia! –exclamó cuando terminé de contarle–. Tiene
razón en entusiasmarse, y su boca habla de la abundancia de su corazón. Este corazón
conservará siempre sus derechos, ¡pero tiene que conservar fría esta cabeza que gracias a
Dios todavía tiene! ¡No se deje sorprender! Un espíritu claro y rápido como el rayo es uno
de los dones más preciados. El poeta del Bhagavad-Gita sería el primero en afirmar lo
mismo. Mirar, siempre mirar, mantener los ojos siempre abiertos, ser consciente de todo,
no retroceder frente a nada, permanecer siempre ambicioso, sin embargo, no
enceguecerse, no dejarse tragar. La emoción no debe aturdirlo. “La cabeza hacia delante
en dirección al abismo, los pies arriba del mismo”. Estas palabras de Dostoievsky son
muy lindas, pero la inspiración europea que se exalta con las mismas constituye un
malentendido deplorable. El Bhagavad-Gita es un poema grandioso, muy profundo, pero
es, además, un abismo terrorífico. “Y bajo mis pasos el abismo revelaba todavía tinieblas
púrpuras”, dice El Buzo de Schiller, que no retorna de su segunda aventura. Ya que, si se
sumerge en el mundo del Bhagavad-Gita sin el auxilio de un espíritu muy penetrante, en
donde nada parece firme y cada cosa se disuelve en otra cosa, se encontrará de repente
frente a la nada. ¿Sabe lo que significa estar frente a la nada? Y, sin embargo, esta nada no
es otra cosa que un malentendido europeo: el Nirvana hindú no es la nada, sino el más
allá de todas las oposiciones. No es de ningún modo una diversión voluptuosa como se
considera con tanta frecuencia en Europa, sino una última perspectiva, sobrehumana, una
perspectiva que es apenas imaginable, congelada, y en la cual todo está resumido. Ahora
bien, cuando no se la entiende, divagan. ¿Qué saben estos soñadores europeos de la
profundidad oriental? Divagan, no saben nada. Y se asombran todavía cuando pierden la
cabeza y se vuelven locos, ¡literalmente locos, in-sen-sis!
Se calló y se sentó nuevamente.
–Me va a disculpar –dijo al cabo de un rato–, pero tengo una pregunta que
quisiera hacerle desde mi corazón. ¿Me permite que se la haga?
–Pues pregúnteme, haga la pregunta –me contestó Freud– Nada más razonable
que preguntar permanentemente. Hoy Usted está interesado en los hindúes. Ellos
disfrazaban a menudo sus respuestas bajo las apariencias de una pregunta. Sabían por qué
procedían de este modo.
Tuve que juntar fuerzas antes de formular la pregunta.
– ¿Cómo hace para analizar un poema? ¿Acaso no lo descompone, como hace
con el sueño, en sus elementos hasta que, en verdad, no queda más nada del mismo, y por
lo tanto llega a esta franja de la nada? Tiene que disculpar la audacia de mi pregunta, pero
la misma me atormenta.
– ¿Cuál es la audacia? –me contestó Freud–. Incluso es la misma pregunta que
nunca dejé de formularme. Usted me hace esta pregunta desde la posición de un poeta que se siente amenazado en su existencia. Al contrario, me hubiera parecido extraño si
Usted no me formulara esta pregunta. En lo que a mí se refiere, no soy un poeta, soy un
psicólogo. Cuando saboreo un poema como poema no lo analizo absolutamente sino que
lo dejo actuar sobre mí y simplemente, me cultivo con su lectura. Es el rol del arte en el
mundo el de fortalecernos cuando corremos el peligro de dispersarnos. Pero cuando
abordo un poema como psicólogo no hay para mí ningún poema en este momento, existe
un texto que de alguna manera presenta una especie de jeroglífico y un enigma a nivel
psicológico, que tengo que descifrar y que, por lo tanto, debo desarticular. El sentido
psicológico al cual llego entonces, si tengo suerte, no tiene nada que ver evidentemente
con la obra de arte que tengo delante de mí. Me sirvo de la misma solamente como de un
medio, a veces sumamente valioso, de conocimiento científico. Usted que es un artista se
debe sentir naturalmente mortificado y no comprendido por esta situación. Pero tiene que
comprender que soy además (le ruego me disculpe) un hombre de ciencia para quien el
hecho de ir a la caza de un problema, como cazador de su presa, lo estimula y lo pone
feliz. Pero, por otro lado, esto para mí no es lo esencial: yo soy fundamentalmente un
médico, y desearía ayudar de la mejor manera que me sea posible a estas numerosas
personas que hoy viven en un infierno. No es en una especie de más allá que la mayoría
de la gente vive en un infierno, sino aquí mismo, en la tierra. Esta situación ha sido
captada muy acertadamente por Schopenhauer. Mis conocimientos, mis teorías y mis
métodos tienen por finalidad hacerles tomar conciencia de este infierno, para que puedan
liberarse del mismo. Solamente cuando los hombres puedan aprender a respirar
libremente tendrán la posibilidad de aprender nuevamente lo que el arte puede llegar a
ser. Hoy lo usan erróneamente como narcótico, para desembarazarse, aunque sea por
algunas horas, de sus tormentos. El arte es para ellos como una especie de alcohol.
–¡Pero entonces Usted no es ateo! –exclamé–.
–No tan rápido, no tan rápido –me advirtió–. No soporto las palabras
grandilocuentes, hoy en día están casi llenas de mentira y de basura, deben, en primer
lugar, ser purgadas para que puedan servir nuevamente. Ustedes los poetas tienen que
cumplir esta función. Pero la mayoría de Ustedes no quiere saber nada de esta cuestión y
entra en esta danza infernal. A veces, ya no puedo escuchar la palabra “Dios”, y la empleo
a regañadientes. Quizás para Usted no es lo mismo, pero la edad acentúa mi desconfianza.
No quiero orientarlo de ninguna manera, Usted es aún muy joven, y sólo el demonio sabe
dónde puede llevarlo esta juventud. Por eso no voy a analizarlo, debe encontrar su
camino por su cuenta. En cuanto a mí, sigo siendo lo que se dice un viejo y honesto ateo,
y trato de ayudar a los hombres de acuerdo a su propio discernimiento. Esa es mi buena
conciencia, Usted trate de hacerlo a su manera... Es la razón por la cual le he hablado sin
estar preocupado de ninguna manera por consideraciones científicas, y me hizo bien jugar
un poco con las ideas y no ser permanentemente severo conmigo mismo. Su seriedad está
totalmente en otro lado, y su buena conciencia también es de otra categoría. Conserve su
audacia, es lo único que importa. Y no se someta nunca a un análisis. Escriba buenos
versos si tiene ganas, pero no se encierre ni se oculte, uno está siempre desnudo frente a
Dios: es la única oración que todavía conservamos.
Volví a mi casa confundido y conmovido, y a la noche no pude conciliar el sueño.
Por esta razón te escribo esta carta, y espero que la misma te permitirá hacerte una idea de
este gran médico de almas y que estarás en condiciones de representarte aquello que me
atormenta en este momento Estas fueron las viejas cartas de mi juventud. Algunos meses más tarde me establecí en Munich
para seguir mis estudios en la Universidad de esa ciudad. Hice a Freud una visita de despedida. Fue la
última vez que lo vi. No le conté a mi amigo este encuentro, o no guardé ninguna carta en relación al
mismo en el caso de haberle relatado esta visita, de modo tal que ya no tengo un testimonio verbal que
pueda ser comunicado.
Me acuerdo solamente que Freud, que había leído en un periódico algunos artículos míos,
encontró en ellos varios motivos de crítica. Me incitó a no confundir poesía con discusión de ideas: que
en estos artículos el corazón había entrado en la mente y la mente en el corazón; y que, evidentemente,
me había dejado influenciar por “sus” ideas –y que esto no me convenía–. Sí, estaba bien que no nos
volviéramos a ver, que no nos habláramos; que era mejor, que no le escriba, ya que su influencia no
podía dejar de ser perturbadora. Que un encuentro verdadero como el nuestro permanecía más allá de
toda separación. Que yo no era de ningún modo un teórico, y que me aconsejaba llevar a cabo
discusiones teóricas solamente si la lengua me quemaba; que formulaba el anhelo de que me
mantuviera fiel a mi tarea y que escribiera poemas y relatos: por esta vía nos mantendríamos
vinculados el uno al otro mucho mejor que a través del terreno de las discusiones abstractas.
No me acuerdo lo que le contesté. Cuando llegó el momento de separarnos, me dio la mano y
me miró a los ojos, y vi una vez más la bondad tan afectuosa y melancólica de su mirada.
No olvidé esa mirada en toda mi vida.-
Cada vez que escucho hablar del seudo intelectualismo de Sigmund Freud, de sus métodos
unilaterales y de su pensamiento reduccionista, me digo a mí mismo: “De todas maneras, Ustedes dicen
esto pero no es exacto; o en todo caso es una verdad a medias, ya que no tienen en cuenta lo esencial –
el hombre Freud, que he conocido, y con quien mantuve conversaciones en Viena, durante mis años de
estudio, que tuvieron para mí una significación muy importante. Este hombre era más abarcativo, más
rico y gracias a Dios más contradictorio en su fuero íntimo que sus doctrinas”.
Cuando hablé recientemente con algunos amigos a propósito de mi encuentro personal con
Freud, me pidieron encarecidamente que escribiera los recuerdos que había guardado de él y me
plantearon casi como una obligación el hecho de difundir, para círculos más amplios mis observaciones
que, arrojando una luz poco habitual sobre esa personalidad genial y tan diversamente criticada, podían
corregir una cantidad importante de opiniones equivocadas sobre la misma.
En primer lugar me invadió la duda. Efectivamente, habían transcurrido unos cincuenta años
desde ese primer encuentro. Hasta donde llegaba mi memoria, no había tomado ninguna nota del
mismo, y me preguntaba con cierta desconfianza si el tiempo no había cambiado algo que fuese
decisivo con respecto a esta imagen conservada durante tantos años en mi mente, de tal modo que no
correspondiera más a la realidad. Pero me percaté de todos modos que, aún así, esta imagen tenía algo
para decir. Y cuando, poco tiempo después, recibí una invitación de un círculo de médicos para dar
cuenta de mis encuentros con Freud, decidí aceptar la invitación, y brindar un testimonio sobre este
hombre extraordinario, corriendo el riesgo de que muchas cosas se hubieran escapado de mi memoria,
y que otras se presentaran hoy de un modo diferente, al que tenían en mis años de juventud.
Mientras me esforzaba para recordar los detalles de los encuentros de antaño, todo lo que acudía
a mi memoria me aparecía extremadamente fragmentado. Pero el azar, o el que llamamos como tal, me
favoreció como siempre en mi vida. Me había dedicado, por otros motivos, a hurgar en una caja llena
de viejos papeles, cuando encontré un sobre semi roto, que decía: Extractos de mis cartas sobre Freud.
Estas cartas, que había olvidado completamente, habían sido dirigidas inmediatamente después de estas
conversaciones a un amigo de juventud, y, lo recordaba ahora, había conservado para mí los pasajes
que se referían a Freud. Estas hojas de un papel amarillento de los años 1904-1905 contenían, de un
modo fragmentario, las palabras que Freud había pronunciado textualmente. De modo que no era
necesario confiar solamente en mis recuerdos de juventud empobrecidos por el transcurrir del tiempo
que podría deformar los mismos, podía apoyarme sobre las palabras auténticas de Freud.
Quiero tratar de ser lo más preciso posible, de modo que me veo en la obligación de hablar
también de mí, en la medida en que lo exige la comprensión del diálogo con Freud.
Aquello ocurría en los primeros semestres de la Universidad de Viena, en los tiempos en que
escuchaba conferencias, algunas de las cuales trataban sobre la psicología y el hinduismo. En el
seminario de psicología, establecí una relación más íntima con el profesor. En esa época, escribía
además mis primeros poemas que tuvieron cierta importancia, a los cuales el profesor dedicaba un
interés bondadoso. Además, desgraciadamente, padecía de vez en cuando de violentas neuralgias
faciales, a las cuales los remedios habituales para los dolores de cabeza no brindaban ningún alivio, de
tal manera que me tenía que encerrar, en algunas oportunidades, durante días y semanas en la
habitación en medio de una oscuridad total, ya que el más mínimo rayo de luz me causaba dolores
intolerables. El profesor, que advertía mis faltas frecuentes y mi mala cara, me preguntó sobre mi
estado de salud, y me dijo, en ese momento en que ya ningún remedio me brindaba alivio, que él
suponía que mis dolores no tenían al fin de cuentas otra causa que una causa psíquica; me aconsejaba,
pues, consultar con Freud, y que él mismo le iba a anunciar mi visita.
Nunca había escuchado hablar de Freud; preguntando a algunos conocidos, me enteré que había
escrito un libro notable sobre la interpretación de los sueños. Empujado por la curiosidad, conseguí esta
obra en la biblioteca de la Universidad –y quedé al principio profundamente asustado–. Esta manera de
interpretar los sueños me pareció impiadosa: destruía la imagen misma del sueño (lo que contradecía
toda mi sensibilidad de artista, sobre todo cuando me presentaba este método aplicado a poemas) y
propiciaba la emergencia, desde sus fragmentos esparcidos, de un nuevo conjunto de significaciones
que me consternaban y me atraían secretamente. Estaba decidido de antemano a no someterme a tales
procedimientos, ya que no me podía imaginar que iban a permitir la desaparición de mis neuralgias,
cuando el profesor me informaba esa misma noche, durante el seminario, que había hablado de mí con
Freud, quien me esperaba al día siguiente a la tarde. “No se asuste –me dijo el profesor sonriendo– no
lo va a comer, lo quiere ayudar. Por otro lado, me permití entregarle, para que los lea, algunos de sus
poemas”.
Al día siguiente, presa de confusos sentimientos, fui a encontrarme con Freud. Esa misma
mañana me había atormentado un ataque violento de neuralgia. Tenía serias dudas con respecto al arte
terapéutico de Freud. Sin embargo, los acontecimientos adquirieron un curso singular. En esta carta a
mi amigo de juventud, describía el evento con estos términos:
Freud se me acercó, me apretó la mano, me invitó a instalarme y me examinó
atentamente. Observaba sus ojos maravillosamente bondadosos, cálidos, que reflejaban
una melancolía que indicaban un saber importante sobre la vida.
Simultáneamente, tuve la impresión de una mano que rozaba ligeramente mi
frente –y los dolores desaparecieron. Me dije a mí mismo: “este es un médico al estilo de
los que se encuentran en la India. No precisa utilizar su método curativo, podría decir
¡abracadabra! Y uno ya se sentiría con el corazón más aliviado y casi gozando de buena
salud”. ¡Este hombre, querido amigo, es un médico, o yo no sé nada de medicina! Nunca
me había encontrado con un hombre semejante. Simultáneamente, sentí con respecto a él
una confianza sin reservas. Se quedó unos instantes en silencio, sonriendo. Luego, dijo
amigablemente:
–Permítame conocerlo un poco. Tengo aquí algunos de sus poemas. Muy lindo,
pero cerrado. Ya que usted se esconde detrás de sus palabras en vez de dejarse llevar por
las mismas. ¡Mantenga la cabeza alta! No tiene ningún motivo para estar asustado consigo mismo... Ahora, cuénteme algo de su persona. En sus versos el mar vuelve
permanentemente. ¿Acaso quiere señalar con esto algo simbólico, o bien tuvo realmente
algo que ver con el mar? A propósito, ¿de dónde es oriundo?
Era como si las compuertas se hubieran abierto en mi interior. Y antes de
percatarme de que lo estaba haciendo, le conté toda mi vida, le conté sin reservas cosas
que, salvo a ti, nunca le dije a nadie. ¿Qué sentido habría en ocultarle algo? En efecto,
todo le era ya conocido de antemano.
Me escuchó durante casi una hora sin interrumpirme y sin mirarme. A veces se
reía silenciosamente. Dijo finalmente:
–Recapitulemos rápidamente. Su padre era capitán de navío y más tarde profesor
de navegación en la escuela naval de Riga, y Usted pasó su juventud entre marineros y
contramaestres. El mar es, por lo tanto para Usted, como un símbolo real. ¿Pero de
dónde proviene este rigor, esta estrechez de vista que lo caracteriza?
–Me lo he impuesto a mí mismo, e incluso he incurrido en un maltrato hacia mi
persona, tenía miedo de disolverme y de extraviarme totalmente.
Freud emitió solamente un murmullo ininteligible; luego, me preguntó:
– ¿Acaso su padre no era severo con Usted?
Le contesté que no, que mi padre era mi mejor amigo y que nos entendíamos sin
que hicieran falta muchas explicaciones. Pero que nunca le había comentado nada con
respecto a las ridículas y desgraciadas historias de amor que tuve con una joven y con una
señora, ni que alguna que otra vez me había enamorado locamente de un marinero que
hubiera comido a besos. Temía que mi padre no lo tomase en serio y que se pudiera reír
de mí a escondidas. Seguramente no me iba a hacer ningún reproche. Yo mismo no tenía
absolutamente nada para reprocharme...
–... salvo el hecho de que no me había atrevido a hacerlo, y que más tarde,
cuando estaba en mi cama... en fin, Usted entiende...
–Seguro, seguro –murmuró Freud–. ¿Y este asunto del marinero no lo perturbó
de otra manera?
Le contesté que nunca me había perturbado, ya que, como le había dicho, estaba
perdidamente enamorado. Y cuando se está enamorado, todo anda bien, ¿no es así?
–En lo que se refiere a Usted –contestó Freud– no cabe duda –y de repente se
pone a reír–. Usted además tomó el asunto en sus manos... Caramba, tomar la cuestión en
sus manos, se me acaba de escapar la expresión... y Usted se volvió finalmente severo
consigo mismo. Es lo que se llama la educación por sí mismo, y todo anda bien en la
medida en que uno no se tensione demasiado. Y Usted no parece demasiado tenso... Es
envidiable, tiene Usted una buena conciencia realmente envidiable. Tendrá que agradecer
a su padre por ello. ¿Y su madre?
–Sí, con ella también me llevaba muy bien. Era protestante, muy creyente, pero
esto no me perturbó sobremanera.
Nuevamente Freud se reía, muy divertido.
–A propósito, preguntó de repente–, ¿cuál era esa historia de su padre y de
Poseidón? Cuéntela nuevamente. Estaba reflexionando brevemente cuando Usted la
contó, y no la escuché atentamente.
–Tenía entonces once o doce años. Un día mi padre entró en mi habitación
acercándose a mí, puso sobre la mesa la Mitología de Moritz. Seguramente le llamaba la
atención el hecho de que en aquella época leía mucho la Biblia, siguiendo los consejos de
mi madre. “Hijo mío, hay que hacer otro tipo de lectura –y me mostraba el Moritz–.
Contiene historias que se parecen a las de la Biblia. Quizás todavía más lindas. Nosotros,
hombres de mar, creemos en otra cosa. Entre otros, en Poseidón...”. No me habló nunca
más de este libro que me había recomendado con tanta discreción, pero el mismo se
volvió decisivo para toda mi vida y mi pensamiento.
–Poseidón entre otros... Maravilloso, maravilloso –dijo Freud–. Sí, el mar... Y
bien, mi buen amigo Goetz, no lo voy a analizar, sus complejos lo salvarán. En lo que se
refiere a sus neuralgias, le voy a recetar un remedio que lo aliviará.
Se instaló en su escritorio y escribió. Mientras lo hacía, preguntó como al pasar:
–Me han dicho que prácticamente no tenía dinero y que vivía muy ajustadamente.
¿Es cierto?
Le expliqué que su modesto sueldo de profesor no le permitía a mi padre pagarme
los estudios ya que tenía cuatro hermanos y hermanas más jóvenes que yo; que por lo
tanto tuve que volar con mis propias alas, y vivía dando clases y escribiendo
ocasionalmente algunos artículos.
–Sí –dijo Freud–, el rigor consigo mismo trae también algo bueno. Solamente
tendría que cuidarse para no pasar el límite. ¿Cuándo comió su último bife?
–Hace aproximadamente cuatro semanas.
–Es lo que me parecía –dijo Freud poniéndose de pie–. Esta es su prescripción.
Agregó algunos consejos dietéticos, y de repente se puso casi tímido. Le ruego no lo tome
a mal, soy un médico ya instalado y Usted es todavía un joven estudiante. Acepte este
sobre y permítame, por una vez, asumir por hoy el papel de su padre. Son pequeños
honorarios destinados a retribuir la alegría que sus versos y la historia de su juventud me
han deparado. Hasta luego, hágame saber cuándo volverá. Mi tiempo es escaso, pero
encontraré una media hora o una hora para dedicarle. ¡Hasta pronto!
Freud se despidió de mí de este modo. Y te ruego imaginar la escena que ocurrió
cuando en mi cuarto abro el sobre. Contenía doscientas coronas. Estaba tan conmovido
que me puse a llorar silenciosamente.
Esta es la carta que escribí a mi amigo con respecto al primer encuentro que tuve con Freud.
Aproximadamente cuatro semanas más tarde, me recibió nuevamente. Y este encuentro también fue
relatado a mi amigo. Le escribía: El remedio que me prescribió Freud me produjo tal efecto que a las dos semanas
mis neuralgias habían desaparecido. Quería comentarle el hecho y quería de todos modos
volver a verlo. Me citó en su casa a las nueve de la noche. Luego de haber preguntado
sobre mi estado de salud, me interrogó sobre mis estudios; le hablé con entusiasmo de los
cursos de Leopold von Schroster que hablaba justamente del Bhagavad-Gita. Mientras
hablaba, Freud se levantó de repente y recorrió varias veces la habitación.
– ¡Prudencia, muchacho, prudencia! –exclamó cuando terminé de contarle–. Tiene
razón en entusiasmarse, y su boca habla de la abundancia de su corazón. Este corazón
conservará siempre sus derechos, ¡pero tiene que conservar fría esta cabeza que gracias a
Dios todavía tiene! ¡No se deje sorprender! Un espíritu claro y rápido como el rayo es uno
de los dones más preciados. El poeta del Bhagavad-Gita sería el primero en afirmar lo
mismo. Mirar, siempre mirar, mantener los ojos siempre abiertos, ser consciente de todo,
no retroceder frente a nada, permanecer siempre ambicioso, sin embargo, no
enceguecerse, no dejarse tragar. La emoción no debe aturdirlo. “La cabeza hacia delante
en dirección al abismo, los pies arriba del mismo”. Estas palabras de Dostoievsky son
muy lindas, pero la inspiración europea que se exalta con las mismas constituye un
malentendido deplorable. El Bhagavad-Gita es un poema grandioso, muy profundo, pero
es, además, un abismo terrorífico. “Y bajo mis pasos el abismo revelaba todavía tinieblas
púrpuras”, dice El Buzo de Schiller, que no retorna de su segunda aventura. Ya que, si se
sumerge en el mundo del Bhagavad-Gita sin el auxilio de un espíritu muy penetrante, en
donde nada parece firme y cada cosa se disuelve en otra cosa, se encontrará de repente
frente a la nada. ¿Sabe lo que significa estar frente a la nada? Y, sin embargo, esta nada no
es otra cosa que un malentendido europeo: el Nirvana hindú no es la nada, sino el más
allá de todas las oposiciones. No es de ningún modo una diversión voluptuosa como se
considera con tanta frecuencia en Europa, sino una última perspectiva, sobrehumana, una
perspectiva que es apenas imaginable, congelada, y en la cual todo está resumido. Ahora
bien, cuando no se la entiende, divagan. ¿Qué saben estos soñadores europeos de la
profundidad oriental? Divagan, no saben nada. Y se asombran todavía cuando pierden la
cabeza y se vuelven locos, ¡literalmente locos, in-sen-sis!
Se calló y se sentó nuevamente.
–Me va a disculpar –dijo al cabo de un rato–, pero tengo una pregunta que
quisiera hacerle desde mi corazón. ¿Me permite que se la haga?
–Pues pregúnteme, haga la pregunta –me contestó Freud– Nada más razonable
que preguntar permanentemente. Hoy Usted está interesado en los hindúes. Ellos
disfrazaban a menudo sus respuestas bajo las apariencias de una pregunta. Sabían por qué
procedían de este modo.
Tuve que juntar fuerzas antes de formular la pregunta.
– ¿Cómo hace para analizar un poema? ¿Acaso no lo descompone, como hace
con el sueño, en sus elementos hasta que, en verdad, no queda más nada del mismo, y por
lo tanto llega a esta franja de la nada? Tiene que disculpar la audacia de mi pregunta, pero
la misma me atormenta.
– ¿Cuál es la audacia? –me contestó Freud–. Incluso es la misma pregunta que
nunca dejé de formularme. Usted me hace esta pregunta desde la posición de un poeta que se siente amenazado en su existencia. Al contrario, me hubiera parecido extraño si
Usted no me formulara esta pregunta. En lo que a mí se refiere, no soy un poeta, soy un
psicólogo. Cuando saboreo un poema como poema no lo analizo absolutamente sino que
lo dejo actuar sobre mí y simplemente, me cultivo con su lectura. Es el rol del arte en el
mundo el de fortalecernos cuando corremos el peligro de dispersarnos. Pero cuando
abordo un poema como psicólogo no hay para mí ningún poema en este momento, existe
un texto que de alguna manera presenta una especie de jeroglífico y un enigma a nivel
psicológico, que tengo que descifrar y que, por lo tanto, debo desarticular. El sentido
psicológico al cual llego entonces, si tengo suerte, no tiene nada que ver evidentemente
con la obra de arte que tengo delante de mí. Me sirvo de la misma solamente como de un
medio, a veces sumamente valioso, de conocimiento científico. Usted que es un artista se
debe sentir naturalmente mortificado y no comprendido por esta situación. Pero tiene que
comprender que soy además (le ruego me disculpe) un hombre de ciencia para quien el
hecho de ir a la caza de un problema, como cazador de su presa, lo estimula y lo pone
feliz. Pero, por otro lado, esto para mí no es lo esencial: yo soy fundamentalmente un
médico, y desearía ayudar de la mejor manera que me sea posible a estas numerosas
personas que hoy viven en un infierno. No es en una especie de más allá que la mayoría
de la gente vive en un infierno, sino aquí mismo, en la tierra. Esta situación ha sido
captada muy acertadamente por Schopenhauer. Mis conocimientos, mis teorías y mis
métodos tienen por finalidad hacerles tomar conciencia de este infierno, para que puedan
liberarse del mismo. Solamente cuando los hombres puedan aprender a respirar
libremente tendrán la posibilidad de aprender nuevamente lo que el arte puede llegar a
ser. Hoy lo usan erróneamente como narcótico, para desembarazarse, aunque sea por
algunas horas, de sus tormentos. El arte es para ellos como una especie de alcohol.
–¡Pero entonces Usted no es ateo! –exclamé–.
–No tan rápido, no tan rápido –me advirtió–. No soporto las palabras
grandilocuentes, hoy en día están casi llenas de mentira y de basura, deben, en primer
lugar, ser purgadas para que puedan servir nuevamente. Ustedes los poetas tienen que
cumplir esta función. Pero la mayoría de Ustedes no quiere saber nada de esta cuestión y
entra en esta danza infernal. A veces, ya no puedo escuchar la palabra “Dios”, y la empleo
a regañadientes. Quizás para Usted no es lo mismo, pero la edad acentúa mi desconfianza.
No quiero orientarlo de ninguna manera, Usted es aún muy joven, y sólo el demonio sabe
dónde puede llevarlo esta juventud. Por eso no voy a analizarlo, debe encontrar su
camino por su cuenta. En cuanto a mí, sigo siendo lo que se dice un viejo y honesto ateo,
y trato de ayudar a los hombres de acuerdo a su propio discernimiento. Esa es mi buena
conciencia, Usted trate de hacerlo a su manera... Es la razón por la cual le he hablado sin
estar preocupado de ninguna manera por consideraciones científicas, y me hizo bien jugar
un poco con las ideas y no ser permanentemente severo conmigo mismo. Su seriedad está
totalmente en otro lado, y su buena conciencia también es de otra categoría. Conserve su
audacia, es lo único que importa. Y no se someta nunca a un análisis. Escriba buenos
versos si tiene ganas, pero no se encierre ni se oculte, uno está siempre desnudo frente a
Dios: es la única oración que todavía conservamos.
Volví a mi casa confundido y conmovido, y a la noche no pude conciliar el sueño.
Por esta razón te escribo esta carta, y espero que la misma te permitirá hacerte una idea de
este gran médico de almas y que estarás en condiciones de representarte aquello que me
atormenta en este momento Estas fueron las viejas cartas de mi juventud. Algunos meses más tarde me establecí en Munich
para seguir mis estudios en la Universidad de esa ciudad. Hice a Freud una visita de despedida. Fue la
última vez que lo vi. No le conté a mi amigo este encuentro, o no guardé ninguna carta en relación al
mismo en el caso de haberle relatado esta visita, de modo tal que ya no tengo un testimonio verbal que
pueda ser comunicado.
Me acuerdo solamente que Freud, que había leído en un periódico algunos artículos míos,
encontró en ellos varios motivos de crítica. Me incitó a no confundir poesía con discusión de ideas: que
en estos artículos el corazón había entrado en la mente y la mente en el corazón; y que, evidentemente,
me había dejado influenciar por “sus” ideas –y que esto no me convenía–. Sí, estaba bien que no nos
volviéramos a ver, que no nos habláramos; que era mejor, que no le escriba, ya que su influencia no
podía dejar de ser perturbadora. Que un encuentro verdadero como el nuestro permanecía más allá de
toda separación. Que yo no era de ningún modo un teórico, y que me aconsejaba llevar a cabo
discusiones teóricas solamente si la lengua me quemaba; que formulaba el anhelo de que me
mantuviera fiel a mi tarea y que escribiera poemas y relatos: por esta vía nos mantendríamos
vinculados el uno al otro mucho mejor que a través del terreno de las discusiones abstractas.
No me acuerdo lo que le contesté. Cuando llegó el momento de separarnos, me dio la mano y
me miró a los ojos, y vi una vez más la bondad tan afectuosa y melancólica de su mirada.
No olvidé esa mirada en toda mi vida.-
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