(Fragmento)
“…la noción de que existe algo semejante a un
Progreso de la humanidad como conjunto y que el mismo forma la ley que rige
todos los procesos de la especie humana fue desconocida con anterioridad al
siglo XVIII”
hannah arendt (1969)
Estoy muy contento de
poder estar acá, les agradezco profundamente a Soledad Córdoba y a Juan
Pigliacampo, ambos de la Cátedra de Psicología y Penología de esta Facultad de
Psicología y compañeros de trabajo en el espacio carcelario. La profesora Diana
Porta, es también un referente en estos temas y en estos ámbitos por su
experiencia también en ambas instituciones y por eso la saludo cordialmente. Es
un orgullo, a la vez, tener la posibilidad de estar aquí con Antonia Caparros, de
compartir este espacio con Antonia, que es una reconocida psicoanalista en esta
Ciudad y con quien muchos se han formado profesionalmente. No es mi caso,
porque yo me probé en una entrevista de admisión que ella misma me tomó hace
algunos años, para cursar el postgrado que ella, con otros profesionales,
dictaban en el Hospital Neuropsiquiátrico de Córdoba. Pero …recuerdo que pasé
la prueba, gracias a dios, y luego no pude cursarlo, ya no recuerdo por qué
motivo. Pero valoro mucho, se lo quiero decir personalmente, que la formación
que ella ofrece, no todos aquí quizás lo saben, está muy ligada a la práctica
clínica, quizás a lo que los psiquiatras de tiempo atrás llamaban, la práctica
dura, la psicosis, el caso grave, lo que se aparta del campo de las neurosis,
por decirlo de alguna manera. Y me siento identificado con esta forma que
adquiere la enseñanza, porque es media griega, dado que hay el ejemplo, la
experiencia práctica, la presentación de casos, etc. Con Soledad y con Juan, a
su vez, somos compañeros de ruta, no sé si compañeros “de causa”, quiero decir
que compartimos nuestro trabajo en las cárceles, en tanto que psicólogos que
atendemos presos, desde hace ya un tiempo considerable. Eso, creo yo, produce
una cierta sintonía del pensamiento que es bastante difícil de expresar. En
cuanto a los aquí presentes, los saludo con cordialidad, me sorprende, debo
decir, que algo tan específico como es el Tratamiento Penitenciario y todo lo
que rodea la ejecución de la pena haya despertado un interés considerable, que
se refleja en una gran concurrencia a este curso. Y me gustaría preguntar por
qué, de qué tipo de interés se trata, qué es lo que llama la atención de este
artificio, este objeto que denominamos “cárcel” y espero también, finalmente,
poder dialogar sobre este punto, que me parece central, a saber, el
“objeto-cárcel” y, sobre todo, su relación también con lo que se ha denominado
“la cuestión latinoamericana”, si me puedo expresar de este modo.
Mi objetivo en esta
exposición es poder realizar un aporte para pensar los diagnósticos en la
cuestión criminal. Esto es, a partir de discursos presentes en el campo donde las
prácticas, intentar pensar el diagnóstico psicológico, psiquiátrico, psicosocial,
clínico, criminológico, incluso institucional, situacional, etc. El método será
la comparación, el análisis comparativo entre los discursos que conceptualizan
nociones tales como sociedad, cultura, sujeto, administración de justicia, etc.,
y “la mirada psi”.
Dicho esto, presentado
este saludo, el tema del que hablaré y el objetivo que persigo, comenzaré
diciendo que yo no soy un “outsider”.
Yo no soy un outsider, en principio, porque estoy
metido hasta la pera en el trabajo, tanto en la cárcel como en la universidad.
Estoy –o intento estar- involucrado como sujeto y como psicólogo en cada una de
las acciones que me toca desempeñar en mi trabajo. Si tuviera que explicar esto
mediante imágenes, encuentro una que es bastante penosa y cruel a la vez, que
es de una película casi muda que se llama “La guerra del fuego”, de 1981 y que
es algo de lo que hablaré más adelante. Se muestra aquí al primate humano
tratando de proteger el fuego robado, guardado en una especie de capillita móvil
-porque no sabían prepararlo- mientras se hunde desesperado en el fango, una
especie de pantano. En el momento en que la pequeña llama se apaga ante sus
ojos, al mismo tiempo, se apaga su propia vida, ante la mirada desesperada
también de sus compañeros de tribu que, por supuesto, no pueden hacer nada.
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